jueves, abril 28, 2016

Chicas de calendario. La melancólica Virginia.


Está demostrado que el ambiente en que nace y se desarrolla un niño será determinante para entender su vida futura, los primeros  estímulos son fundamentales y aún más en personalidades creativas y sensibles, como en el caso de la escritora Virginia Woolf. La pequeña Amelia Virginia Stephen nació en 1882 en una familia acomodada aunque compleja -sus padres habían estado casados previamente y enviudado y había hijos de los tres matrimonios—. Su padre, Sir Leslie Stephen, fue novelista, ensayista y muchas otras cosas propias de los ‘sirs’ victorianos y su madre Julia llegó a ser modelo para pintores prerrafaelistas -lo más de lo más a finales del XIX-. Mientras tanto, por casa de los Stephen pasaba lo más granado de la “cultureta" británica: Alfred Tennyson, Thomas Hardy o Henry James eran visitantes habituales y aunque la joven Virginia no cursó estudios académicos como sus hermanos, si recibió clases particulares a la vez que disponía de la inmensa biblioteca paterna. Esta fue la herencia en positivo, la que le condujo a ser una gran escritora y una intelectual de primer nivel.

Sin embargo, ese entramado familiar también fue su perdición, uno de sus hermanastros abusó de ella y Virginia llevó siempre esa lacra sobre sí; poco después su madre murió, ella solo tenía trece años. Fueron golpes muy duros que le hicieron padecer crisis nerviosas y depresiones con regularidad. Unos años después, en 1905, fue su padre quien falleció, sumiéndola de nuevo en problemas psicológicos, se ha hablado incluso de que podía padecer un trastorno bipolar.
Paradójicamente la muerte del padre abrió un nuevo amanecer para Virginia ya que dejó la casa familiar y se trasladó con dos de sus hermanos al barrio londinense de Bloomsbury, donde en poco tiempo se convirtieron en los reyes del mambo. En el nº 46 de Gordon Square reunían todos los weekends a un grupo de marchosos que se lo pasaban en grande entre discusiones filosóficas, tazas de té y juegos dialécticos, ejem, estamos principios del siglo XX, majos, ¿que esperabais, sexo, drogas y rock & roll? Bueno, a decir verdad, de lo primero si disfrutaron, hubo relaciones sexuales libres y muy poco victorianas, ¡menos mal! Por allí pasaron intelectuales de la talla de Lytton Strachey, Dora Carrington, E.M. Forster, Bertrand Russell o el filósofo Wittgenstein, formando lo que quedó para la historia como el círculo de Bloomsbury y que para sus remilgados contemporáneos británicos fue un grupo amoral que prácticamente pasaban las noches haciendo botellón y organizando orgías, ¡que tiempos!

Poco después ingresó también en el selecto grupo el escritor Leonard Woolf, que en 1912 se casaría con Virginia, cuando ella tenía 30 años. Fue un matrimonio bien avenido incluso en lo profesional ya que ambos fundaron la editorial Hogarth Press, donde publicaría Virginia, pero también la obra de otros ilustres como Katherine Mansfield, T.S. Eliot o Freud.
Como ya he dicho, si algo caracterizó al grupo de Bloomsbury fue una postura nada pacata ante las relaciones sexuales, en 1922 Virginia lo experimentó sobre sus propias carnes dándose una alegría con la escritora y paisajista Vita Sackeville-West, un extravagante personaje de la alta sociedad. Realmente hay que decir que la relación entre ambas escritoras -casadas las dos- significó una gran pasión amorosa, que afortunadamente para nosotros lectores, sirvió de inspiración para una de sus obras más singulares, ‘Orlando’, protagonizada por un ser que no es hombre ni mujer y que cambia de género a la vez que surca los siglos. 

Otras obras destacables de Virginia Woolf son ‘La señora Dalloway’, ‘Las olas’ o ‘Al faro’ aunque me gustaría destacar su faceta de escritora comprometida, reivindicando el papel de la mujer escritora en su ensayo ‘Una habitación propia’.

En sus últimos años su enfermedad mental se agravó, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la destrucción de su casa de Londres empeoraron su salud. Ante los bombardeos constantes decidió junto a su marido marchar al campo y fue allí, en plena campiña inglesa, donde se suicidó en 1941, ahogándose en el río Ouse con los bolsillos llenos de piedras. Virginia Woolf tenía 59 años y había dejado una carta a su marido y otra a su hermana donde les contaba que temía enloquecer definitivamente.

Quizá son sus fotografías con mirada lánguida o el conocer estos terribles episodios depresivos que sufrió lo que nos conduce a tener esa imagen de Virginia Woolf como una mujer triste y sumida en la melancolía; sin embargo vivió una vida intensa, gozó de la fama literaria, se rodeó de buenos amigos y sucumbió a grandes pasiones amorosas, creo que tuvo una vida plena y fue feliz la mayor parte del tiempo y merece ser también recordada por ello.




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