miércoles, febrero 03, 2016

Chicas de calendario. La explosiva Amelia.



Justo cuando se inauguraba un nuevo siglo, cargado de posibilidades fascinantes, daba sus primeros pasos la pequeña Amelia Earhart. Había nacido en 1897 en Atchinson (Kansas) y creció en una familia acomodada junto a su abuelo, un juez retirado al que amargaría más de una tarde con su carácter indomable. Como digo, no fue una niña corriente, más bien era de la piel del diablo, no era de las que se entretenían con muñecas o se pintaban las uñas, Amelia prefería trepar a los árboles y disparar a las ratas con su rifle, todo un angelito.

Amelia fue creciendo en esa América profunda que la convertiría sin duda en una damita con fuertes creencias a la búsqueda de un marido con quien formar una familia…¡Pues no! Siempre fue fiel a sus propias convicciones y nunca se dejó llevar por los convencionalismos de la época. Con 18 años recién cumplidos decidió  -la 1ª Guerra Mundial ya había estallado en Europa- cruzar el país para establecerse en Canadá y trabajar como voluntaria atendiendo a pilotos heridos en la contienda.
Mientras tanto su familia había pasado por momentos difíciles y hubo varias separaciones traumáticas y traslados por diferentes ciudades del país. Lo siguiente que sabemos de Amelia Earhart es que se reunió con los suyos en California,  buscando un lugar más soleado y horizontes más amplios para desarrollar sus capacidades.

Allí, casualmente, asistió a un espectáculo aéreo, incluso le dieron una vuelta en aeroplano, era muy insistente la chiquilla. Una vez arriba ya no se quiso bajar. El gusanillo de la aviación le corría por dentro. Enseguida se apuntó a clases de aviación -como quien se apunta al gimnasio, oiga- pero ella no lo abandonó a los dos meses, había encontrado su verdadera vocación. Acumuló experiencia y récords hasta que en 1922 logró el de altitud y en 1923 obtuvo la licencia de piloto.

En 1928 llegó uno de los momentos clave de su carrera, le propusieron participar en un vuelo que cruzaría el Océano Atlántico, iría acompañada de otro piloto y un mecánico. Amelia no pudo pilotar, se quedó con las ganas, sin embargo su leyenda ya había comenzado. En cuanto aterrizaron en Gales una multitud de periodistas abordaron a los aviadores pero fue Amelia quien acabó subida a los altares por la prensa. Las crónicas del vuelo se extendieron rápidamente por los Estados Unidos y recibió felicitaciones por doquier. El publicista George Putnam, uno de los organizadores del vuelo, fue desde entonces su mentor, acompañándola a dar conferencias e involucrándose en la publicación de su libro ‘Veinte horas, cuarenta minutos’. El roce hace el cariño dicen, pues estos dos después de rozarse mucho acabaron casándose en 1931.

Earhart seguía de lleno con sus actividades, impulsando la aviación entre las mujeres, sin embargo la espinita de un vuelo de largo recorrido en solitario aún le escocía. En 1933 se decidió a cruzar el Atlántico, esta vez sin compañía. El vuelo fue un éxito, batió varias marcas y cosechó un montón de reconocimientos, fue alabada y premiada en Europa y Estados Unidos. Sin embargo Amelia, cabezota e inconformista desde pequeña, no tardó mucho en plantearse nuevos retos. Ahora se atrevería con el Océano Pacífico, despegaría de Hawai para llegar a California y después a Washington. El vuelo se realizó con éxito en 1935, hasta el presidente Rooselvelt le envió felicitaciones. 

Por fin podría pensarse que Amelia ya se daba por satisfecha, que todos sus sueños se habían cumplido y sus aspiraciones conseguidas, pero no, era una mujer excepcional y por su cabeza rondaba un reto mayúsculo, dar la vuelta al mundo, ella sería la primera mujer en lograrlo. El avión elegido fue un Lockheed Electra 10E. Le acompañaría un piloto experimentado, Fred Noonan. Partieron el 21 de mayo de 1937 de Los Ángeles en dirección Florida, las siguientes etapas fueron Puerto Rico, Venezuela, luego cruzaron África y el Mar Rojo. En un vuelo inédito hasta entonces en la historia de la aviación llegaron hasta Pakistán. Sus siguientes destinos fueron las ciudades de Calcuta, Rangún, Bangkok y Singapur. Después, en Indonesia, sufrieron varios percances: mal tiempo, reparaciones en la aeronave y una grave infección por disentería sufrida por Amelia. El 27 de junio despegaron rumbo a Darwin (Australia). En Papúa Nueva Guinea el contador marcaba 35.405 recorridos y unos 11.000 por recorrer. Cuando volaban rumbo a la isla Howland llegaron las últimas comunicaciones de los aventureros a un guardacostas estadounidense que se hallaba por la zona, las condiciones atmosféricas eran malas y el combustible se les agotaba. El avión se estrelló cerca de la isla y empezó una búsqueda que duró hasta el 18 de julio. El gobierno estadounidense empleó todos los recursos a su alcance pero sin resultados y aunque su marido siguió la búsqueda durante un tiempo hubo que darlos por desaparecidos. Desde entonces se convirtió en una leyenda y el accidente dio pie a numerosas especulaciones entre la prensa norteamericana. 

El caso es que Amelia Earthart fue una pionera y una mujer fuera de serie, un ejemplo de tenacidad y amor propio en un época en la que las mujeres independientes lo tenían mucho más difícil que ahora -lo que ya es decir-. Acabo con una de sus reflexiones:

"De vez en cuando las mujeres deben hacer por sí mismas lo que los hombres ya han hecho -y en ocasiones lo que los hombres no han hecho- realizándose así como personas, y tal vez alentando a otras mujeres hacia una mayor independencia de pensamiento y acción. Esta fue una de las razones que contribuyeron a que desease hacer lo que tanto quería hacer".


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