domingo, abril 19, 2015

Viajar, soñar, divagar.

Una de mis pasiones son los viajes, no creo que haya mejor tiempo empleado o dinero invertido que romper la rutina y salir por unos días a descubrir algo nuevo, siempre me aporta ideas y me abre horizontes. Para mi una escapada a tiempo es un placer que me sirve para desconectar de pantallas, ratones y vectores, no para quedar inerte en una hamaca o dándole al mando de la tele en la habitación del hotel. Me gusta el turismo activo, madrugar y estar en la calle bien pronto a “patear” lo más posible. Me encanta callejear, perderme por rutas poco transitadas y mirar el plano al revés; prefiero las ciudades al campo, soy “urbanita” por naturaleza y cuando planifico un viaje pongo la lupa en exposiciones interesantes, obras teatrales que me puedan transmitir algo, museos singulares o tiendas diseño no engullidas por la globalización.


  Fachada y jardines Museo Louisiana. 


Tras esta declaración de intenciones me pongo a lo mío y os hablo de mi última escapada del mes pasado a Dinamarca, un país con todo tipo de atractivos culturales, turísticos y naturales, pero con limitaciones climatológicas, hablando en plata: en marzo os podéis quedar más congelados que “La Sirenita”.  Es un país con un nivel de vida envidiable y sus ciudades son limpias y ecológicas. En cuanto a mis recomendaciones, como la cabra tira al monte, yo me inclino por  las cuestiones artísticas así que si disponéis de poco tiempo podéis obviar sin mala conciencia la consabida Sirenita para ir sin rechistar al Museo Louisiana, a 33 km al norte de Copenhague. Si queréis seguir leyendo el post tened en cuenta que la visita al Louisiana es obligatoria; coche, tren, bus, moto, bicicleta o si es preciso andando en peregrinación pero no os paséis por alto este magnífico centro de arte.

Es un museo de arte moderno, fundado en 1958 por Knut W. Jensen y si os llama la atención un nombre tan poco danés como Louisiana la razón es muy curiosa, el buen señor Jensen se casó tres veces y sus tres esposas se llamaban Louise, desde luego hay que reconocerle que el homenaje a sus ex fue toda una pasada.

Esta soy yo mirando al mar junto a Henry Moore. | Aquí de nuevo extasiada junto a Giacometti. (Fotos F. Rodríguez)



Al museo se llega bajando en la estación de Humlebaek y tras andar unos 15 minutos y atravesar un bosquecillo una se topa con unos edificios perfectamente integrados en el paisaje, un enclave increíble en la Riviera Danesa, desde donde puede verse la costa de Suecia en la otra orilla. Pocas veces habré contemplado un espacio tan armonioso que integra arte, naturaleza y arquitectura. Lo primero es pasearse por los jardines donde encontraremos esculturas de Henry Moore, Miró o Alexander Calder, allí te podrías pasar horas (si no fuera por el maldito frío escandinavo, si, otra vez ese clima). El interior del Museo no desmerece lo visto fuera, salas iluminadas con luz natural, con una colección permanente muy interesante, a destacar las obras de Jean Arp, Picasso, Francis Bacon y sobre todo una gran muestra de mi admiradísimo Alberto Giacometti.

El Museo Louisiana cuenta también con exposiciones temporales, en esta ocasión una extensa muestra de la pintora alemana Paula Modersohn-Becker (1876-1907), para mi hasta ese momento una total desconocida y que me supuso un gran sorpresa. Se la puede englobar dentro del movimiento expresionista y las influencias de Cezanne y Gauguin son evidentes. Me gustó tanto se estilo que me puse de inmediato a indagar sobre esta mujer que tan solo vivió 31 años y aún así estudió, viajó, amó y pudo pintar más de 700 lienzos. Un ejemplo de valentía y tenacidad en una época tan difícil para cualquier mujer que intentara abrirse un camino al margen de convencionalismos y aspirara a manifestar su talento. 

Paula Modersohn-Becker (Foto www.museen.boeltstrasse.de)/ Autorretrato (www.artbook.com)




Paula Modersohn-Becker se empezó a interesar por el arte en 1893 tras visitar en Bremen la obra del círculo artístico de Worpswede (donde exponía el que sería su futuro marido Otto Modersohn). Como en aquella época las mujeres no tenían acceso a las academias de Bellas Artes, fue enviada a Berlín en 1896 para seguir cursos de dibujo y pintura. En 1900 se trasladó a París donde estudió durante un año en la Academie Colarossi, acudiendo además regularmente a  exposiciones y galerías de arte. En la Exposición Universal conoció a Otto Modersohn, que acababa de enviudar y con quien se casó en 1901. Volvieron a Worpswede, donde Paula se vio obligada a moderar sus aspiraciones artísticas al hacerse cargo de la hija que Otto tenia de su anterior matrimonio. Al poco tiempo surgieron las primeras desavenencias entre ellos, él prefería la vida tranquila de Worpswede, donde aspiraba a la comunión entre naturaleza y arte; Paula en cambio, mucho más joven y con deseos de experimentar, necesitaba un entorno más artístico y en 1906 decidió marchar a París, donde retomó sus estudios de pintura. Entre 1906 y 1907 se desarrolló su periodo más fructífero, realizando más de 90 pinturas -desnudos, autorretratos, naturalezas muertas-.  Su marido pasó una temporada con ella en París y en 1907 la pareja regresó a Alemania. Paula quedó embarazada y tras un parto difícil dio a luz a una niña, veinte días después Paula Modersohn-Becker moría de una embolia pulmonar con solo 31 años.


Para concluir me quedo con una sensación ambivalente; la rabia al comprobar como una vez más mundo del arte perdió a una creadora singular por culpa de una sociedad patriarcal que convertía a las mujeres en seres invisibles y les mutilaba cualquier atisbo de emancipación y por otro lado la esperanza de ver como un siglo después estas mujeres son rescatadas del olvido con exposiciones tan maravillosas como la que pude disfrutar en el Museo Louisiana.


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